Una visión diferente de la vida, la sociedad y la cultura frente a las interpretaciones impuestas por los medios de comunicación masivos, las empresas y, sobre todo, las instituciones gubernamentales, políticas y religiosas, que construyen nuestra "normal" realidad. En definitiva, buscando activar esas neuronas que el sistema intenta (y consigue) adormecer.



lunes, 13 de agosto de 2018

LENGUAJE INCLUSIVO: Cuando la ideología operante queda expuesta en (y para) nosotros mismos


Por Nicolás Espiñeira

            "TODES SOMES IGUALES" dice una joven en la televisión y automáticamente nos exasperamos. ¡Qué aberración! Luego explica los motivos que la llevan a intentar comunicarse de esa forma, los cuales se traducen en una crítica general al "lenguaje machista". "¡Qué estupidez!" volvemos a pensar. La chica, ante las preguntas poco serias de los periodistas (o, mejor dicho, las preguntas de periodistas poco serios y/o las preguntas aparentemente serias sobre un tema que toman a gracia), continúa respondiendo estoicamente manteniendo el respeto a la causa, sin importar la insolencia ajena: "Todes están invitades a reflexionar...". "¡Cuánta ignorancia...!", "Anda a la escuela a estudiar, no pierdas el tiempo..." se le escucha concluir, sin tapujos, a un presentador de televisión poco amistoso.

            ¿Cuántas situaciones como éstas hemos visto en las últimas semanas en la televisión? ¿Cuántos de esos debates, palabras más o menos, han ido apareciendo en las redes sociales? ¿Cuántos de esas expresiones vertidas por los "periodistas" han pasado por nuestra mente al escuchar a estos "justicieros" del lenguaje?

            Para un formalista del lenguaje, que adora utilizar las palabras correctas en expresiones adecuadas de tiempos precisos, las palabras "mal" escritas duelen como una daga clavada en la espalda. Para evitar el "dolor", corrigen continuamente al que no sea como ellos pero que, a la vez, valoran como plausible de cambio (caso contrario, ni se toman el trabajo) porque suponen estar haciendo un favor. Levanto la mano y me hago cargo de lo que a mí respecta: siempre fui un "formalista" de este estilo, aunque he ido reduciendo esa "necesidad" de corregir lingüísticamente a otros, sin llegar aún al cometido de eliminarlo por completo. No obstante, a diferencia de los "formalistas" más conservadores, siempre tuve (y tengo) noción de la importancia del contexto: es el que produce las variables significativas, el que significa de tal o cual modo (para no caer en críticas académicas, debo decir que se trata de una definición metafórica: no es "el contexto" el responsable, sino que refiero a que una palabra puede variar su significado dependiendo del mismo). Y, teniendo en cuenta esto último, soy a su vez consciente que la lengua es VIVA, CAMBIANTE, MUTABLE y siempre ha sido y será así. Por eso, reconozco que todo lenguaje es como un "congelamiento" de las formas simbólicas en determinado tiempo y espacio que permiten a una población comunicarse. Se institucionalizan formas que permiten la comprensión y el entendimiento mutuo. Pero vale aclarar también que, como todo lo que sucede en nuestro mundo, esas formas no se determinan inocente ni imparcialmente, y su reproducción es buscada inicialmente.

            Formalista o no, mejor o peor conocedor (y aplicador) de las reglas lingüístico-ortográficas, todos los que convivimos en una época y lugar fuimos formados con un lenguaje institucionalizado e institucionalizador. A todos nos impusieron las mismas reglas lingüísticas que hemos ido reproduciendo a lo largo de nuestra vida. Y todos hemos aceptado esas formas como las "correctas", como aquellas que están bien (sin haber tenido otras opciones en un inicio). Siguiendo esa lógica, todo desvío/cambio/opción/crítica a esas formas las cotejamos a las establecidas, las cuales ya funcionan en nosotros como las "correctas" (y que también funcionaron, hay que decirlo, como condicionantes en la producción de las nuevas formas). Así, pues, nuestro lenguaje institucionalizado será siempre un "residuo" que funciona (negativamente) a la hora de analizar una opción a él. No importa si la alternativa sea superadora o modifique lo que esta mal en nuestro lenguaje: la simple modificación de las formas (o la voluntad de alguien de hacerlo) nos pone en una situación incómoda (hasta con nosotros mismos). Nos genera, irreflexivamente, rechazo. Como si nos quisiesen cambiar una costumbre, una tradición, una creencia. Y lo más llamativo: nos sigue generando rechazo aún cuando reflexivamente uno pueda dar cuenta que la alternativa es superadora. ¿Cómo puede ser...? "Hola, soy la ideología, me presento ante ustedes". Continúa: "No tengo una forma específica, pero estuve operando en, con y a través de ustedes desde que nacieron. En este desvío, pueden dar cuenta de ello...". En otras palabras, en ese momento damos cuenta que algo está operando en nosotros: algo ofrece resistencia a pesar que tengamos la voluntad de eliminarlo por completo.

            Eso es precisamente lo que sucede en los tiempos actuales en donde irrumpe el concepto de "LENGUAJE INCLUSIVO" a partir de los movimientos feministas y juveniles. Ante esto, los defensores de nuestro lenguaje institucionalizado explican y justifican las reglas lingüísticas vigentes (las que nos impusieron desde que nacimos y nos determinaron a lo largo de nuestra vida), repitiendo sus máximas dentro de un espiral sin salida, retroalimentándose, como si los que vienen a ponerlas en jaque, no las hubiesen entendido. Justamente: las entienden muy bien; ahí la discordia. No están de acuerdo con esas reglas y su funcionamiento. Vienen a romper con esa idea de única verdad, de centro, de "corrección". Es decir: cuando uno defiende las formas establecidas, no está defendiendo la sabiduría, ni la inteligencia (decimos esto frente a los que descalifican a los otros como "ignorantes"), ni el lenguaje, ni la lengua, sino una determinada forma lingüística que se institucionalizó en determinado momento de la historia y con ciertos intereses. Defienden, si se quiere, nuestras formas de comunicarnos, pero "nuestras" tan solo por compartirlas en un contexto, no porque las hayamos producido o pensado. No realizamos una verdadera apropiación: nunca algo es por nosotros, sino que se repite a través nuestro. Esto también es lo que, en parte, se quiere romper al poner en tela de juicio todo un lenguaje.  
           
            Nuestro lenguaje, aunque nos guste y defendamos sus formas (su formalidad), tiene señas ineludibles: es machista (o masculinista, o con preeminencia del hombre) y tiene gran predominio religioso (se denota, sobre todo, en "lugares comunes", frases, latiguillos, nombres, historias, etc.). Entonces, ¿está mal querer modificarlo? ¿Es necesario bastardear a quien intenta hacerlo? ¿Es de ignorante querer cambiarlo y tratar de hacerlo más "justo" y "equitativo"? ¿O es inteligente reproducir algo porque sí (porque es la costumbre) en vez de analizar por qué hacemos o decimos algo? Evidentemente, tenemos inversos los rótulos/adjetivos. Y eso, como dijimos, no es casual: el lenguaje es el primer "lugar" donde las ideologías dominantes operan. Ganado el terreno lingüístico, la ideología se reproduce más fácilmente: determina qué es lo "correcto" de lo que no.

            Stuart Hall, sociólogo y eminencia de los estudios culturales, en el “El problema de la ideología: marxismo sin garantías” (de 1998), decía al respecto que "el lenguaje y el comportamiento son, por así decirlo de alguna forma, los medios de difusión, del registro material de la ideología. Es la modalidad de su funcionamiento (...) Debemos analizar o des-construir el lenguaje y la práctica, para descifrar las pautas del pensamiento ideológico en que ellos se inscriben".

            Por todo esto, no puedo enojarme si aparecen "iluminados" que quieren detonar todo un sistema que funcionaba a través nuestro y del que no dábamos cuenta. En un primer momento, es más que obvio que no me gustará decir "todes" (por citar un ejemplo), y que va a ser aún más difícil acostumbrarme a hacerlo (ni sé si voy a estar vivo para ver y sentir un cambio social al respecto), pero eso no quita a que reflexivamente pueda dar cuenta que es más justo y equitativo, y/o que cualquier crítica del lenguaje debe ser visto inicialmente como positiva, porque expone justamente a ese intruso que llevamos dentro sin darnos cuenta: la ideología dominante. 

            Detrás del aparentemente tonto, vacío e histérico "TODES", existe un mundo de significación crítica que sobrepasa las formas (su corrección y lo inútil de su belleza) y que cala en lo más hondo de nuestra interpelación como sujeto social. Por eso es molesto. ¡Es hora de apropiarse del lenguaje!

lunes, 12 de septiembre de 2016

Lo saben bien: no hay un solo camino, Clarín…


Por Nicolás Espiñeira

¿A alguien más le provoca profundo asco el corto de la "Fundación Noble" sobre la educación que no se cansa de repetir Canal 13? (pueden verlo al pie del artículo). El título ya dice mucho: "hay un solo camino: la educación". No, muchachos: antes debe haber igualdad de oportunidades, justicia y acceso equitativo a los medios y a la información. Mientras exista la desigualdad que ustedes promueven y ayudan a construir a diario, la educación (y menos la educación como "disciplinante", forma en que la conciben) no es camino, sino que es dominio de unos sobre otros.

Por otro lado, es muy fácil decir que la educación debería "nivelar para arriba" mientras que, de forma muy maliciosamente incoherente e intencionada, desde los propios medios del grupo, se "nivela para abajo" el nivel del periodismo, de la ética y de la información, sirviéndose de la brecha cada vez más grande entre pudientes y no pudientes (y haciendo a la misma, claro) para usufructuar de mejor manera el poder de informar e influir.

No se puede esperar otra cosa de los mismos de siempre: "hablan" desde la posición de algunos y NO desde ese democrático y plural "nosotros" que dicen representar cuando concluyen el corto.

Representan la opinión de pocos, forman la opinión de muchos. Con igualdad, justicia, acceso equitativo y posterior educación responsable (no la "disciplinante"), claramente no podrían detentar semejante poder de influencia con el que cuentan. Entonces, ¿dónde está el engaño? ¿Dónde está la educación? ¿Dónde está la libertad? Sean sinceros, moralistas...


miércoles, 17 de agosto de 2016

Nuestro peor enemigo…


Por Nicolás Espiñeira

Modificamos percepción, imagen, visión, opinión, valoración, estima, de algo o alguien, en virtud de ella. Cambiamos nuestros complejos procederes, quehaceres, acciones, estrategias, tácticas, por su simple mandato. Nos enamoramos, amigamos, enemistamos, odiamos, debido a su influencia determinista. Es el núcleo fundamental a partir del cuál se generan nuestros imaginarios y nuestras creencias religiosas/espirituales. Incluso puede motivarnos a la acción o sumergirnos en la más honda depresión. Es omnipresente y la obedecemos tanto que la hacemos omnipotente. A pesar de no contar con argumentos a favor, fundamenta casi todas nuestras acciones. Enemiga acérrima de la pregunta y, consecuentemente, de la comunicación y la interacción dialógica, es fruto de la ignorancia y se viste con las ropas del conocimiento. Comparte con éste último una amiga en común: la duda, pero se relaciona con ésta de modo distinto y casi siempre elijen un mal camino, intoxicándose mutuamente, convirtiéndose en una amistad que mata. A pesar que nace libre e imaginativa, y que aparenta ser libertaria, nos cierra y determina mientras raramente damos cuenta de ello (y menos aún si no contamos con ayuda externa). Así tampoco concientizamos su presencia, aunque ella siempre está ahí: acechándonos, limitándonos, moviéndonos, modificándonos… En definitiva, creando lo que somos y no queremos ser. Muy pocos logran reconocerla, y aún menos son los que llegan a reflexionar sobre ella. No obstante, estos pocos “iluminados”, si bien pueden aprender a controlarla y disminuir sus efectos, se ven incapaces de eliminar completamente su influencia. Muy posiblemente, esto sea así porque es indefectiblemente parte de nuestro aparato simbólico. Y no ocupa un papel secundario en él, sino que es una vedette que hace a su funcionamiento. Basta de preámbulos, con ustedes, y, precisamente, en ustedes, presentamos a nuestro peor enemigo: la suposición.

            ¿Cómo podríamos definirla? Si acudimos a un diccionario, veremos que se trata de la realización de conjeturas sobre algo, en base a indicios o analogías frente a hechos o causas similares. Complementemos: es un proceso a través del cual imaginamos hechos reales a partir de nuestra experiencia pasada (que puede no tener vínculo alguno con el objeto de la suposición) y nuestros vaivenes psicológicos. Es decir, la suposición es fruto de una abstracción (la cuál, como dijimos en el primer párrafo, lamentablemente, nos determina y  nos moviliza) y no se condice con la realidad material, aunque, a posteriori, pase a modelarla y, por tanto, a influir en su transformación, convirtiéndose en parte de ella. Ahora bien, muchos dirán que, en ocasiones, lo que termina sucediendo en la realidad material coincide plenamente con lo que se ha supuesto, lo que tranquilamente puede pasar (aunque sean los casos minoritarios). Lo que no dan cuenta estas personas es que el citado método es erróneo más allá de los resultados finales, si es coincidente o no, si lo que sucede sea bueno o malo, correcto o incorrecto, correspondido o no con lo que se haya imaginado. El resultado no garantiza la fiabilidad del proceso. El resultado es siempre externo y disociado del método (podríamos decir, aleatorio frente a él), efecto de otras condiciones (reales) y no de la suposición. Allí el hecho que no haga falta llegar al resultado para evaluar una suposición: el procedimiento siempre es incorrecto.

Podríamos vincular todo esto a los elementos de razonamientos vistos en algún momento de nuestras vidas, ligando, en el mejor de los casos, el funcionamiento de la suposición al razonamiento inductivo, el cual conduce a una conclusión que no se deduce con fundamentos de las premisas, y que es mas o menos probable a partir del examen o la observación de una serie de casos, pero no otorga garantías acerca de la verdad de ésta. Ejemplo: miro un cuervo y es negro, miro otro y también es negro, miro muchos más y también lo son, entonces llego a la conclusión de que todos los cuervos son negros. Ese sería, con la mirada más inocente que pudiésemos hacer, el funcionamiento de una gran cantidad de suposiciones. Pero allí estaríamos omitiendo el hecho que la suposición se presenta como deductiva (es decir, como causa de un efecto), acrecentando su error. A saber: el razonamiento deductivo concibe que de premisas falsas no se puede llegar a conclusiones verdaderas. Y la suposición presenta justamente esto: premisas/pseudo-argumentos que están disociados de lo que ocurre (conclusión) en tanto objeto de la suposición. Pero salgamos de la “dureza” del razonamiento, y volvamos al hilo de nuestra presentación…

            Alejarnos de alguien porque suponemos algo malo de esa persona; criticar/juzgar a otro porque un tercero supuso algo negativo; generarse expectativas porque suponemos que algo bueno acontecerá; apropiarse de algo porque creemos que otro no lo usa; esperar que otro accione (accionar como sinónimo de un concepto que no me gusta utilizar ya que aludiría a una acción aparente: el actuar –“actúe” en este caso-) del modo que nosotros queremos, esperamos o lo haríamos; suponer un resultado por regularidades pasadas; etc. Estos son sólo algunos de los miles de ejemplos que podríamos citar en donde la suposición se materializa a diario y cambia nuestra forma de actuar de manera infundada.

             La suposición, en definitiva, incluso pudiendo ser benigna y basada en las mejores intenciones, se construye sobre la base del equívoco, de la imaginación, de lo abstracto, de lo irreal, y, sobre todo, con total independencia respecto al acontecimiento que luego se dará en la vida real y que permitirá, entre otras cosas, concluir a esas personas que antes citábamos si la suposición ha sido correcta o incorrecta de acuerdo al resultado. Pero lo peor de todo esto no es que esté basada en el error, sino que, muy a pesar de ello, como también dijimos, influye y modifica nuestra vida real (es decir, por ejemplo, a partir de una suposición modificamos nuestra relación con X persona). Y ni que hablar de la incapacidad generalizada de no reconocer las (malas) influencias de las suposiciones, como así también de su opuesto: reconocerlas, querer deshacerse de ellas y dar cuenta que, en definitiva, siempre permanece alguna viva, complicándonos la existencia. Ni el más atento puede escapar de sus garras. Nadie pudo vencerlas completamente. Todos somos influidos, en mayor o menor medida, por las suposiciones. No obstante, estamos a tiempo de luchar… Anímense: hagan el ejercicio de tratar de no suponer. Les garantizo que automáticamente bajará su nivel de conflictividad y su (in)capacidad de hacerse mala sangre. Y, colectivamente, bajar el grado de suposición, nos hará mejores sociedades. Tratemos de vencer, de autosuperarnos, sin tener miedos ni vergüenza de pedir ayuda al prójimo si es necesario. ¿Cómo?

            Un buen comienzo (y muy fácil) es empezar a preguntar en lugar de suponer y de no darle relevancia a aquello que sentimos si ya hemos supuesto. Reduzcamos el poder de nuestro peor enemigo…