Una visión diferente de la vida, la sociedad y la cultura frente a las interpretaciones impuestas por los medios de comunicación masivos, las empresas y, sobre todo, las instituciones gubernamentales, políticas y religiosas, que construyen nuestra "normal" realidad. En definitiva, buscando activar esas neuronas que el sistema intenta (y consigue) adormecer.



lunes, 12 de septiembre de 2016

Lo saben bien: no hay un solo camino, Clarín…


Por Nicolás Espiñeira

¿A alguien más le provoca profundo asco el corto de la "Fundación Noble" sobre la educación que no se cansa de repetir Canal 13? (pueden verlo al pie del artículo). El título ya dice mucho: "hay un solo camino: la educación". No, muchachos: antes debe haber igualdad de oportunidades, justicia y acceso equitativo a los medios y a la información. Mientras exista la desigualdad que ustedes promueven y ayudan a construir a diario, la educación (y menos la educación como "disciplinante", forma en que la conciben) no es camino, sino que es dominio de unos sobre otros.

Por otro lado, es muy fácil decir que la educación debería "nivelar para arriba" mientras que, de forma muy maliciosamente incoherente e intencionada, desde los propios medios del grupo, se "nivela para abajo" el nivel del periodismo, de la ética y de la información, sirviéndose de la brecha cada vez más grande entre pudientes y no pudientes (y haciendo a la misma, claro) para usufructuar de mejor manera el poder de informar e influir.

No se puede esperar otra cosa de los mismos de siempre: "hablan" desde la posición de algunos y NO desde ese democrático y plural "nosotros" que dicen representar cuando concluyen el corto.

Representan la opinión de pocos, forman la opinión de muchos. Con igualdad, justicia, acceso equitativo y posterior educación responsable (no la "disciplinante"), claramente no podrían detentar semejante poder de influencia con el que cuentan. Entonces, ¿dónde está el engaño? ¿Dónde está la educación? ¿Dónde está la libertad? Sean sinceros, moralistas...


miércoles, 17 de agosto de 2016

Nuestro peor enemigo…


Por Nicolás Espiñeira

Modificamos percepción, imagen, visión, opinión, valoración, estima, de algo o alguien, en virtud de ella. Cambiamos nuestros complejos procederes, quehaceres, acciones, estrategias, tácticas, por su simple mandato. Nos enamoramos, amigamos, enemistamos, odiamos, debido a su influencia determinista. Es el núcleo fundamental a partir del cuál se generan nuestros imaginarios y nuestras creencias religiosas/espirituales. Incluso puede motivarnos a la acción o sumergirnos en la más honda depresión. Es omnipresente y la obedecemos tanto que la hacemos omnipotente. A pesar de no contar con argumentos a favor, fundamenta casi todas nuestras acciones. Enemiga acérrima de la pregunta y, consecuentemente, de la comunicación y la interacción dialógica, es fruto de la ignorancia y se viste con las ropas del conocimiento. Comparte con éste último una amiga en común: la duda, pero se relaciona con ésta de modo distinto y casi siempre elijen un mal camino, intoxicándose mutuamente, convirtiéndose en una amistad que mata. A pesar que nace libre e imaginativa, y que aparenta ser libertaria, nos cierra y determina mientras raramente damos cuenta de ello (y menos aún si no contamos con ayuda externa). Así tampoco concientizamos su presencia, aunque ella siempre está ahí: acechándonos, limitándonos, moviéndonos, modificándonos… En definitiva, creando lo que somos y no queremos ser. Muy pocos logran reconocerla, y aún menos son los que llegan a reflexionar sobre ella. No obstante, estos pocos “iluminados”, si bien pueden aprender a controlarla y disminuir sus efectos, se ven incapaces de eliminar completamente su influencia. Muy posiblemente, esto sea así porque es indefectiblemente parte de nuestro aparato simbólico. Y no ocupa un papel secundario en él, sino que es una vedette que hace a su funcionamiento. Basta de preámbulos, con ustedes, y, precisamente, en ustedes, presentamos a nuestro peor enemigo: la suposición.

            ¿Cómo podríamos definirla? Si acudimos a un diccionario, veremos que se trata de la realización de conjeturas sobre algo, en base a indicios o analogías frente a hechos o causas similares. Complementemos: es un proceso a través del cual imaginamos hechos reales a partir de nuestra experiencia pasada (que puede no tener vínculo alguno con el objeto de la suposición) y nuestros vaivenes psicológicos. Es decir, la suposición es fruto de una abstracción (la cuál, como dijimos en el primer párrafo, lamentablemente, nos determina y  nos moviliza) y no se condice con la realidad material, aunque, a posteriori, pase a modelarla y, por tanto, a influir en su transformación, convirtiéndose en parte de ella. Ahora bien, muchos dirán que, en ocasiones, lo que termina sucediendo en la realidad material coincide plenamente con lo que se ha supuesto, lo que tranquilamente puede pasar (aunque sean los casos minoritarios). Lo que no dan cuenta estas personas es que el citado método es erróneo más allá de los resultados finales, si es coincidente o no, si lo que sucede sea bueno o malo, correcto o incorrecto, correspondido o no con lo que se haya imaginado. El resultado no garantiza la fiabilidad del proceso. El resultado es siempre externo y disociado del método (podríamos decir, aleatorio frente a él), efecto de otras condiciones (reales) y no de la suposición. Allí el hecho que no haga falta llegar al resultado para evaluar una suposición: el procedimiento siempre es incorrecto.

Podríamos vincular todo esto a los elementos de razonamientos vistos en algún momento de nuestras vidas, ligando, en el mejor de los casos, el funcionamiento de la suposición al razonamiento inductivo, el cual conduce a una conclusión que no se deduce con fundamentos de las premisas, y que es mas o menos probable a partir del examen o la observación de una serie de casos, pero no otorga garantías acerca de la verdad de ésta. Ejemplo: miro un cuervo y es negro, miro otro y también es negro, miro muchos más y también lo son, entonces llego a la conclusión de que todos los cuervos son negros. Ese sería, con la mirada más inocente que pudiésemos hacer, el funcionamiento de una gran cantidad de suposiciones. Pero allí estaríamos omitiendo el hecho que la suposición se presenta como deductiva (es decir, como causa de un efecto), acrecentando su error. A saber: el razonamiento deductivo concibe que de premisas falsas no se puede llegar a conclusiones verdaderas. Y la suposición presenta justamente esto: premisas/pseudo-argumentos que están disociados de lo que ocurre (conclusión) en tanto objeto de la suposición. Pero salgamos de la “dureza” del razonamiento, y volvamos al hilo de nuestra presentación…

            Alejarnos de alguien porque suponemos algo malo de esa persona; criticar/juzgar a otro porque un tercero supuso algo negativo; generarse expectativas porque suponemos que algo bueno acontecerá; apropiarse de algo porque creemos que otro no lo usa; esperar que otro accione (accionar como sinónimo de un concepto que no me gusta utilizar ya que aludiría a una acción aparente: el actuar –“actúe” en este caso-) del modo que nosotros queremos, esperamos o lo haríamos; suponer un resultado por regularidades pasadas; etc. Estos son sólo algunos de los miles de ejemplos que podríamos citar en donde la suposición se materializa a diario y cambia nuestra forma de actuar de manera infundada.

             La suposición, en definitiva, incluso pudiendo ser benigna y basada en las mejores intenciones, se construye sobre la base del equívoco, de la imaginación, de lo abstracto, de lo irreal, y, sobre todo, con total independencia respecto al acontecimiento que luego se dará en la vida real y que permitirá, entre otras cosas, concluir a esas personas que antes citábamos si la suposición ha sido correcta o incorrecta de acuerdo al resultado. Pero lo peor de todo esto no es que esté basada en el error, sino que, muy a pesar de ello, como también dijimos, influye y modifica nuestra vida real (es decir, por ejemplo, a partir de una suposición modificamos nuestra relación con X persona). Y ni que hablar de la incapacidad generalizada de no reconocer las (malas) influencias de las suposiciones, como así también de su opuesto: reconocerlas, querer deshacerse de ellas y dar cuenta que, en definitiva, siempre permanece alguna viva, complicándonos la existencia. Ni el más atento puede escapar de sus garras. Nadie pudo vencerlas completamente. Todos somos influidos, en mayor o menor medida, por las suposiciones. No obstante, estamos a tiempo de luchar… Anímense: hagan el ejercicio de tratar de no suponer. Les garantizo que automáticamente bajará su nivel de conflictividad y su (in)capacidad de hacerse mala sangre. Y, colectivamente, bajar el grado de suposición, nos hará mejores sociedades. Tratemos de vencer, de autosuperarnos, sin tener miedos ni vergüenza de pedir ayuda al prójimo si es necesario. ¿Cómo?

            Un buen comienzo (y muy fácil) es empezar a preguntar en lugar de suponer y de no darle relevancia a aquello que sentimos si ya hemos supuesto. Reduzcamos el poder de nuestro peor enemigo…


lunes, 27 de junio de 2016

¿Adónde está la libertad…? Amor humano: entre el control y la justificación


Por Nicolás Espiñeira

Las personas reflexivas no necesitarán de las líneas subsiguientes para comprender las aristas a las que nos referimos en el título, aunque bien podrían verse satisfechas por ellas. Lastimosamente, son la gran minoría (tanto en la sociedad como así los que leerán este artículo), por lo que se hace necesario establecer ciertos puntos (siempre polémicos) de partida para ayudar a hacer funcionar esos engranajes neuronales que permitan dar cuenta, no sólo de ciertos automatismos del lenguaje, sino, sobre todo, de procederes poco éticos y/o incoherentes a nuestros decires relacionados a aquello que nos motiva a diario a vivir: el AMOR.

No dejaremos el misterio hasta el final sino que iremos directo al grano de nuestra hipótesis: nuestras concepciones del amor se atan fuertemente a la idea central de control y posesión, a la vez que son usadas para justificar innumerables actos bestiales del ser humano. Ahora bien, si alguien hilvanase un concepto ideal del amor, muy seguramente remarcaría el sentido libertario que éste debería tener. Es decir, no habría mayor muestra de amor que permitir y enseñar ser libre a un ser vivo, liberándolo de cadenas represivas y llenándolo de cariño, más allá de miradas juzgadoras o dogmas institucionalizados. Pero, claro está, esto no es lo que generalmente sucede en ninguna vertiente “amatoria”: ni en la paternal, ni en la de pareja e, incluso tampoco, en nuestra relación con los animales. Analicemos caso por caso.

El amor fraternal de los padres se compone de una cadena casi interminable de barreras represivas. Desde el mismo momento de la concepción (considerando el caso ideal de que haya sido fruto de una decisión consensuada), se produce la primera gran violación de derechos a la persona por venir, la cual arriba a la vida por disposición ajena. Podemos aseverar que nuestra primigenia realidad es, en si misma, carente de toda libertad. Luego, una vez nacidos, hay un sistema burocrático que nos espera y nos clasifica (mediante un nombre y un número de identificación), mientras coexiste otro sistema, menos oficial (pero muchas veces oficioso), prejuicioso, que nos clasifica según, principalmente, el resultado de la mezcla genética de nuestros padres y la condición social de éstos. Apenas llegados al mundo ya nos vemos imbuidos de una catarata de situaciones que hacen al control humano y a deseos ajenos. ¿Adónde está la libertad…? Para peor, después puede comenzar a aparecer la incidencia negativa directa de muchos padres a la hora de determinar a sus hijos con gustos y valores propios (creencias, gustos deportivos, afiliaciones religiosas y/o políticas), suponiendo que están obrando de buena manera cuando, en realidad, le están impidiendo la libertad de elección (justificando su “amor”, dirán que sólo les marcan el camino para su bien, ya que luego podrán hacer lo que quieran –aunque no aclaran que, para ello, requerirán del rapto de lucidez que no tuvieron ellos mismos para liberarse de las cadenas deterministas-). Y aquí no estamos contando ni los miedos ni inseguridades que muchas veces podrían estar contagiando. Posteriormente, lo que todos conocemos (siempre en el mejor de los casos): sustento económico, educación escolar y universitaria, control de la salud, adaptación a un status quo. Todo para que el hijo pueda tener la mejor vida posible del modo en el que se vive en las sociedades actuales, a partir de la decisión inicial de los padres de traer vida al mundo. Es decir, una justificación práctica de ese acto de amor que fue tener hijos… ¿Y la libertad…?

Pasemos a los animales. En un primer momento, a aquellos “adoptados” como mascotas. Obviamente, la gran mayoría de personas las tiene para llenar un hueco propio: llámese felicidad, juego, estar a la moda, compañía. Pocos porque exclusivamente quieran ayudar a un animalito más allá de que gusten poseerlos o no. Ambos casos justificarán sus acciones bajo la palabra “amor”: porque los aman (a los animales), los sacan de la pobreza de calle (en el peor de los casos), para encerrarlos en las vidas de las personas que pasan a considerarse “dueños” de ellos. Es escalofriante que el concepto de “dueño” se ate con el de “amor”, pero así somos, así sentimos. Tanto para con los animales, tanto si somos padres, y tanto si somos novios/amantes. Pero permanezcamos en el caso animal: los encerramos (en muchísimos casos de vivencia en una urbe, dentro de departamentos chicos donde el animal no tiene lugar ni un escenario conveniente para su desenvolvimiento animal), los castramos (por causas “entendibles”, que dejan de ser comprensibles en el momento en que no hacemos lo mismo con los humanos), los mantenemos fuera del contacto con sus pares (en muchos casos; es decir, sin contacto con otros perros, a los que sólo ven y se comunican a través de una reja en el mejor de las situaciones), les brindamos soledad (porque nuestras actividades nos impiden pasar más tiempo con ellos), los “activamos” en cualquier momento en el que nosotros estamos disponibles y queremos jugar, y hasta los hacinamos (en pequeños ambientes con muchos otros animales). Todo justificado por el “amor” que les tenemos. Aún peor, claro, es el caso con aquellos animales que no son nuestras mascotas. Fuera de considerar aquellos que utilizamos como alimento en nuestra cadena alimenticia (no porque esto no fuese un asesinato, sino por el hecho de que son acciones propias de la naturaleza, que funcionaron y podrían seguir adelante sin la cultura, sin nuestro aparato simbólico-racional), usamos a otros como divertimento y les dispensamos de un “amor” muy funcional, mientras podemos criticar a otros que se alimentan con ellos o los utilizan como fuerza de trabajo para la superviviencia (EJ: cartoneros que utilizan la tracción a sangre de caballos, asnos y burros para la recolección de elementos). Hasta podemos ser tan automáticamente cínicos de llegar a criticar a los poseedores de mascotas para luego sacamos una foto en nuestras vacaciones dándole un beso a un delfín encerrado en su estanque, evidenciado una clara falta de auto-crítica ética. También podemos criticar al cartonero que no tiene ni para comer por utilizar la tracción a sangre, mientras nos tomamos un champagne en las gradas del Campo Argentino de Polo viendo un partido de pudientes que crían caballos por negocio y deporte (¡Ojo! No oses criticarlos porque se van a ofender y te dirán que los cuidan como nadie). Así somos: cultores de un extraño amor. De más está referirnos a las cárceles de animales (zoológicos, acuarios y otros), lugares donde se exhiben animales encerrados en contra de su voluntad (aunque “cuidados”, en el mejor de los casos) para el divertimento, principalmente, de nuestros chicos (hay que reflexionar sobre el mensaje educacional que les estamos brindando). ¡Basta, por favor, de tanto amor!

Por último, un tópico aún más evidente de nuestra rara sensación amatoria: la pareja. ¿Cómo se explica que, a medida que crecen nuestros sentimientos positivos para con la otra persona, también aumentan los celos y las inseguridades en lugar de la libertad y la seguridad? ¿Cómo justificar que, si estamos “oficialmente” saliendo con alguien, debemos saber qué esta haciendo, diciendo o pensando…? En los tiempos tecnológicos actuales, ¿por qué nuestro enamorado/a nos debe obligatoriamente hablar si se encuentra conectado a una red social? Sinceramente, ¿eso es amor? ¿Eso es NUESTRO AMOR, nuestra capacidad amatoria…? Nos molesta que no nos hable porque no tiene ganas; que hable con una persona desconocida, con una persona del mismo sexo que uno, con un amigo/a, con los padres; que tenga intereses disímiles a los nuestros; que salga; que de vez en cuando no quiera vernos; que no quiera hacer el amor y/o tener sexo; que no quiera practicar alguna actividad sexual específica; que no duerma en la misma cama; que no nos abrace; que no quiera hacer, en definitiva, lo que nosotros querríamos que hiciese… Y todo lo justificamos dentro de la palabra “AMOR”. ¿Para qué amamos si eso conlleva un sin fin de quejas y demandas?

¿Cuándo empezaremos a amar en libertad? Esto es, principalmente, sin pedir nada a cambio; sin creernos dueños de la otra persona; sin esperar que la otra persona haga o diga lo que nosotros esperábamos que hiciese o dijese; complementando sus intereses con los nuestros; respetando sus ganas e iniciativas; comprendiendo que, a veces, quiera vernos, y a veces, no; aceptando que no quiera acompañarnos a todas nuestras actividades; tolerando que no tenga los mismos “proyectos de vida”; etc. ¿Cuándo comenzaremos a amar por el amor mismo y dejar las justificaciones de lado que tanto mal le hacen a tal hermosa palabra? ¿Cuándo entenderemos que el amor no tiene nada que ver ni con la exclusividad, ni con la fidelidad, ni con la monogamia…? ¿Cuándo veremos que lo sentimental y lo racional/cultural van por caminos distintos que sólo a veces se cruzan?


En definitiva, ¿cuándo amaremos en libertad? ¿Cuándo amaremos por la libertad? ¿Cuándo amaremos a la libertad? ¿Y cuándo, precisamente, amaremos por si mismo sin justificar con ello otras acciones? Lamentablemente, NUNCA. Somos humanos: cuando amamos, reprimimos. AMAMOS EN y POR REPRESIÓN.